Freddie Mercury. El mensajero de los dioses.
CHILD
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Escucharlo es como adentrarse a una extraña religión de la cual jamás quieres conocer la verdad, verlo es confirmar que hay vida después de la muerte.

De un lugar cuyo nombre ya no existe, nace el pequeño Farockh que igual a su lugar de nacimiento, desaparece para darle paso a un sonido, a un hombre, a una voz, a una leyenda.

Zanzíbar, la India y Londres, formaron a un joven Bulsara lleno de inquietudes musicales, que encontraron respuestas en los escenarios del mundo. Farockh, ahora era Frederick, que por fonética y mística terminaría siendo Freddie.

Pero Freddie Bulsara seguía siendo demasiado profano para un mensajero de los dioses. La mitología ya empezaba a poner de su parte, y Mercury resulta sensato, para alguien que por la eternidad se va a encargar del espectáculo de los dioses.

Rebautizado, el ahora Freddie Mercury tenía que buscar a su reina.

No muy lejos, en una sonrisa (smile) Freddie aparece con una idea distinta de lo que es la música y cómo debería sonar. En la delgada línea de ser visto como una burla, o terminar siendo parte de la realeza, nace la única reina por la que en cualquier parte del mundo y de genuina expresión se le hace una reverencia. Nace QUEEN.

Freddie Mercury sabía que sus orejas grandes y sus 4 muelas sobrantes que lo hacía de dentadura pronunciada, tenían cierta espectacularidad en el escenario. Los conciertos dejaron de ser simples interpretaciones de sus álbumes, para convertirse en todo un evento teatral.

La multitud es Freddie, y como si se tratase de un espectáculo para los dioses, las canciones ahora tienen coros de millones de personas, que cantan con tal fuerza y emotividad como si el hombre de esqueleto blanco los condujera a la inmortalidad de las emociones.

El mundo cuenta un relato corto de 45 años que como una obra de arte, o una historia universal, parece atemporal. Ya no se habla de una estrella de Rock, se habla de una leyenda, que de forma increíble, sigue siendo parte de la vida de millones de personas.

Generaciones enteras que no vimos a ese “bigote” en vivo, lo único que podemos hacer es sonreír cada vez que lo escuchamos o lo vemos en una de sus tantas presentaciones fascinantes que quedaron como registro. Su genuina expresión frente a la vida es la prueba más grande de lo que significa triunfar.

Al final, como dice Freddie, “El show debe continuar”.

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