Emma Stone con cabeza rapada en Bugonia, película de Yorgos Lanthimos sobre conspiración y manipulación
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Bugonia de Yorgos Lanthimos

¿Cuántas veces has creído algo solo porque te hizo sentir menos perdido? Bugonia te pone incómodo desde el primer minuto porque sabe que todos, absolutamente todos, estamos a un mal día de comprar cualquier narrativa que prometa respuestas. Jesse Plemons secuestra a Emma Stone convencido de que ella es una alienígena que destruirá la Tierra. Suena ridículo. Pero Yorgos Lanthimos (Pobres Criaturas) no te deja reír tranquilo: te obliga a ver cómo un hombre roto construye su propia verdad pieza por pieza, teoría tras teoría. Y lo peor no es que esté loco. Lo peor es que entiendes por qué llegó ahí.

Bugonia es sobre Teddy, un empleado insignificante que secuestra a Michelle Fuller, CEO de una farmacéutica poderosa, porque cree que es una extraterrestre de Andrómeda infiltrada para matar a las abejas y destruir el planeta. Junto a su primo Don, la encierra en un sótano y comienza un interrogatorio que se vuelve tortura psicológica mutua. La película dividió a la crítica: 87% en Rotten Tomatoes pero solo 72 en Metacritic. Unos la ven como la sátira más filosa de Lanthimos sobre fanatismo; otros la encuentran demasiado brutal sin propósito claro. Es un remake de la coreana Save the Green Planet! de 2003, pero Lanthimos la convierte en espejo directo de Estados Unidos en 2025: dos Américas que no se entienden, encerradas en el mismo sótano.

La imagen que persiste es Emma Stone con la cabeza completamente rapada, atada en un sótano, cubierta de crema antihistamínica blanca para que “los de su especie no la rastreen”. Stone se rapó de verdad para el papel. La cámara no se aparta de su rostro. Robbie Ryan, el director de fotografía, usó VistaVision (formato gigante raramente usado) para hacer primeros planos tan cerrados que su nariz está en foco pero sus mejillas borrosas. Ves cada poro, cada micro-expresión. Y Stone juega el juego perfecto: nunca sabes si está aterrada o calculando su siguiente movimiento para manipular a Teddy. Lanthimos filma 60% de la película en ese sótano claustrofóbico. No hay escape visual. Tampoco emocional. Te quedas atrapado con ellos, decidiendo en quién creer.

El guionista Will Tracy dijo algo clave sobre Teddy: “Es alguien que, como muchos de nosotros, no le han contado una historia mejor que sea verdadera”. Ahí está todo. Teddy no es un loco aislado. Es un tipo cuya madre quedó en coma por medicamentos de la empresa de Michelle. Un tipo que probó todos los espectros políticos (alt-right, marxista, izquierda) y todos lo decepcionaron. ¿Qué hace alguien así cuando el mundo real solo ofrece dolor sin sentido? Inventa uno nuevo. Las teorías conspiranóicas funcionan como religión para gente que perdió la fe en todo lo demás. Bugonia entiende eso. No perdona a Teddy, pero tampoco lo convierte en caricatura. Y eso incomoda más que cualquier escena violenta.

Pero la película nunca te dice quién tiene razón. Ese es su truco y también su mayor riesgo. Michelle es tan manipuladora, tan perfectamente calculadora en su cinismo corporativo, que empiezas a dudar. Cuando ella usa el lenguaje de la izquierda progre (“espacios seguros”, “diversidad”) para justificar la explotación de su empresa, Lanthimos te fuerza a preguntarte si Teddy, en su locura, no está viendo algo real que todos ignoramos. No es que ella sea literalmente una alienígena. Es que el capitalismo deshumaniza tanto que la diferencia se vuelve irrelevante. Jesse Plemons hace de Teddy un monstruo empático. Emma Stone hace de Michelle una víctima aterradora. Ninguno gana. Esa ambigüedad frustra a mucha gente. Sin catarsis, sin respuestas claras.

Bugonia no te da alivio. Te suelta en un final que es hermoso y apocalíptico al mismo tiempo, filmado en Grecia en playas blancas que parecen de otro planeta. Lanthimos deja la pregunta abierta porque sabe que esa incomodidad es el punto. Vivimos en un mundo donde las peores ideas se propagan más rápido que las verdaderas, donde la vulnerabilidad se monetiza, donde un algoritmo puede radicalizarte en tres semanas. Teddy es real. Michelle también. Y el enjambre que crece dentro de nuestras cabezas, alimentado por dolor sin procesar y teorías sin sustento, nos devora a todos por igual. Es un estreno que no te puedes perder si alguna vez has creído algo solo porque dolía menos que la verdad. Disponible en cines. La pregunta que persiste: ¿en qué punto dejamos de ser víctimas y nos convertimos en villanos de alguien más?