Para Decir,  No Le Digas a Mi Novi@

Cuando Te Bajaste del Tren Equivocado

Llegué con maletas sin entender lo que me hablabas, rogando sin palabras que dijeras quédate. Traía el billete de avión, la cobardía, y la ilusión de que un beso fuera suficiente para pagar el alquiler. No lo fue. Pero también traía esas noches donde poníamos una playlist al azar mientras tomabas vino, y el mundo dejaba de existir. Esos momentos donde no importaba el dinero, ni el idioma, ni nada más allá de esa burbuja que construimos entre canciones.

Nos vendieron que el amor conquista todo. Mentira. El dinero conquista todo. La tarjeta de crédito no me daba para vivir y sin trabajo es difícil sobrevivir en un lugar donde apenas entiendes lo que te dicen. Tú elegiste tu estabilidad salarial disfrazada de emocional. Yo elegí no insistir porque no tenía cómo quedarme, aunque cada noche con esa playlist me hacía creer que sí podía. Entre habanos y mar sin turistas, entre esas canciones que sonaban mientras el vino se acababa, pudimos ser algo. Pero el “pudimos” es la palabra más cobarde del idioma.

Dice la gente que solo sucede un par de veces en la vida. Esa conexión donde todo tiene sentido sin necesidad de palabras. Ese momento donde una playlist y una botella de vino son suficientes para construir un universo. Dos opciones: bajarse del tren o quedarse sentado mirando por la ventana. Nosotros nos quedamos sentados. No por falta de amor—porque amor había en cada canción que escuchábamos, en cada copa compartida—sino por exceso de miedo. Miedo a que funcionara y lo perdiéramos todo. Miedo a que esas noches perfectas no fueran suficientes para sostener los días reales donde hay que pagar cuentas y entender idiomas y construir vida.

Pasaron varios años. Ahora son llamadas en cumpleaños, tweets reconectando lo que no se atrevió a empezar de verdad. Tal vez serán las únicas llamadas al año que nos demos en toda la vida, hasta que uno ya no responda. Y me pregunto si realmente nos conocimos o nos inventamos mutuamente en esas noches con vino y música donde el resto del mundo se apagaba. Porque lo que sí sé es que esos momentos fueron reales. Ese casi perfecto donde todo encajaba fue real. Y por eso duele más: porque sabíamos que teníamos algo y elegimos dejarlo ir de todas formas.

La verdad es más brutal que cualquier destino: elegimos mal. No porque no tuviéramos momentos perfectos—los tuvimos, cada noche con esa playlist era uno—sino porque decidimos que los momentos perfectos no eran suficientes frente a la realidad del alquiler y el trabajo y las cuentas bancarias. Fingimos que fue tiempo equivocado, circunstancias, que no había forma. Cuando en realidad fue miedo y dinero contra vino y canciones. Y ganó lo primero. Dos cobardes que prefirieron morir seguros que vivir en esa incertidumbre hermosa de las noches donde solo importábamos nosotros. Esta era nuestra vida. Y la dejamos pasar eligiendo pagar cuentas en lugar de poner otra canción.