Peliculas

Operación Fortune

¿Cuándo fue la última vez que viste una película de espías donde el protagonista no cargaba traumas familiares ni dilemas existenciales?

¿Dónde quedaron esos thrillers que te invitaban a sentarte, desconectar el cerebro analítico y simplemente disfrutar del espectáculo sin disculparse por ser puro entretenimiento? Guy Ritchie, el británico detrás de ‘Snatch‘ y ‘The Gentlemen‘, regresa a su zona de confort absoluta con ‘Operación Fortune: El gran engaño‘, una carta de amor descarada al cine de espionaje clásico que la industria parece haber enterrado bajo capas de “realismo emocional”. Con Jason Statham liderando un equipo que incluye a Aubrey Plaza, Josh Hartnett y un Hugh Grant deliciosamente villano, Ritchie construye una máquina de entretenimiento que funciona precisamente porque no pretende ser nada más que eso: diversión sofisticada sin agenda oculta.

Orson Fortune, agente especial del MI6 con debilidad por vinos caros y trajes impecables, debe recuperar una tecnología letal apodada “El Mango” antes de que caiga en manos equivocadas. Para infiltrarse en el círculo del magnate Greg Simmonds (Hugh Grant desplegando su encanto británico con toques psicópatas), Fortune recluta a Danny Francesco (Josh Hartnett), estrella de Hollywood cuya vanidad resulta ser la herramienta perfecta de distracción. Lo que sigue es un tour por sets internacionales —Turquía, Catar, mansiones europeas— donde el equipo navega traiciones, tiroteos coreografiados y diálogos que cruzan constantemente entre lo ingenioso y lo absurdo. Ritchie abraza cada convención del género como un chef que conoce su receta de memoria: el MacGuffin deliberadamente vago, el villano tan carismático que casi simpatizas con él, los giros que ves venir pero disfrutas igual, y ese montaje acelerado —cortesía del editor habitual Eddie Hamilton— que hace que hasta las escenas de planificación se sientan como secuencias de acción pura.

Técnicamente, la película es Ritchie en piloto automático de lujo. La fotografía de Alan Stewart captura ese aspiracionalismo visual que define el género: yates, casinos, suites hoteleras que parecen galerías de arte. Christopher Benstead entrega una banda sonora que abraza sin vergüenza los sintetizadores ochenteros y las cuerdas dramáticas, recordándonos que este género siempre tuvo un pie en el camp autoconsciente. Hugh Grant es el MVP absoluto: a sus 60 años ha descubierto que interpretar villanos encantadores es infinitamente más satisfactorio que ser el galán romántico, y su química con el Statham bruto-refinado genera los mejores momentos del film. Sin embargo, aquí está el tropiezo: Aubrey Plaza, una actriz cuyo sarcasmo letal podría haber dinamitado cada escena, queda relegada a decoración competente. El guion de Ivan Atkinson y Marn Davies ocasionalmente se esfuerza demasiado en sonar ingenioso, resultando en diálogos que parecen más sketch de comedia que banter orgánico entre profesionales. Es el precio de priorizar ritmo sobre profundidad, velocidad sobre matices.

Operación Fortune no reinventa nada ni se disculpa por ello. En una era donde hasta las películas de superhéroes exigen trauma intergeneracional, Ritchie entrega algo cada vez más escaso: entretenimiento puro que respeta tu inteligencia sin sobrecargarla de subtramas morales. Es para quienes extrañan cuando las películas de acción no necesitaban justificar su existencia con “temas importantes”, cuando un buen villano, un héroe carismático y persecuciones bien filmadas eran suficiente contrato con la audiencia. Si tu definición de buena noche incluye ver a Jason Statham romper mandíbulas en traje Armani mientras Hugh Grant manipula multimillonarios con champán y sonrisas depredadoras, este es tu film. ¿O acaso hemos olvidado que el cine también puede simplemente divertirnos sin pedir permiso?