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Ser Hijo de Dios No Garantiza El Paraiso

Ser hijo de Hayao Miyazaki debe ser como ser hijo de Beethoven: todos esperan que hagas sinfonías y tú apenas sabes tocar la flauta dulce. Goro lleva años cargando un apellido que pesa más que el Mount Fuji, y cada película suya es juzgada no por lo que es, sino por lo que no logra ser comparada con las obras maestras de papá.

Terramar fue su bautizo de fuego: una película demasiado larga, con conexiones de personajes más forzadas que conversación en ascensor, pero que no se cae del todo gracias a la animación Ghibli y paisajes que te hacen olvidar que la narrativa cojea. El mismo Hayao se opuso a que su hijo dirigiera, intuía que no estaba listo. Cuando la vio le escribió: “Fue hecha honestamente, así que fue buena”. Traducción papá: “No está mal para ser tu primera vez, hijo.”

Desde la Colina de las Amapolas fue su redención parcial. Cinco años después regresó con una película que valió la espera, con Hayao colaborando en guión y producción. Esta reconciliación padre-hijo nos trajo una historia menos fantasiosa, más humana, donde Goro se sintió cómodo trabajando con emociones reales en lugar de épicas sobrenaturales.

La cultura japonesa es cruel con los legados, pero Goro ha elegido el camino más difícil: seguir siendo él mismo bajo la sombra del genio. Tal vez nunca sea Hayao Miyazaki, pero está encontrando su voz propia. Y eso, en un mundo obsesionado con replicar el éxito ajeno, es más valiente que cualquier acto heroico de sus películas.