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Tom Hardy y Benedict Cumberbatch Esta Película Antes de Ser Famosos. Casi Nadie la Conoce.

Lo Que No Entra en los Expedientes

Hubo un momento en que dejé de ver a alguien que conocía. No sé cuándo fue exactamente. Un día estaba, al siguiente no, y en algún punto después dejó de importarme averiguar qué había pasado. Me dije que no era mi problema, que había algo en él que yo no podía arreglar, que ya lo habían intentado otros con mejores herramientas que yo. La última vez que supe de él, alguien me dijo que estaba mal. Le respondí que qué pena. Y seguí con mi día.

Stuart Shorter creció en Cambridge. A los doce años entró a su primer centro de detención. A los treinta y tres murió frente a las vías del tren en Waterbeach, una noche de julio. El veredicto del jurado fue abierto: ni accidente ni suicidio. Solo un hombre de treinta y tres años al borde de unas vías a las once de la noche. En el expediente hay fechas, diagnósticos, instituciones, reincidencias. Lo que no entra en los expedientes es que Stuart era gracioso. Que era inteligente. Que podía destruirte en una conversación y hacerte reír en la siguiente. Que habló ante el Parlamento por los derechos de las personas en situación de calle. Que organizó marchas, negoció con la policía. Que le pidió a su amigo Alexander Masters una sola cosa antes de morir: cuéntame la vida hacia atrás. Como un caso criminal. Resuelve quién soy encontrando qué me pasó.

Masters escribió ese libro. Ganó el Whitbread Book Award en 2005. En 2007, la BBC lo llevó a la pantalla. Tom Hardy interpreta a Stuart. Benedict Cumberbatch interpreta a Alexander. Esto fue antes de Bane, antes de Sherlock, antes de que ninguno de los dos cargara el peso de lo que iban a ser. Hay una escena. Alexander le pregunta a Stuart qué cambiaría de su vida si pudiera cambiar una sola cosa. Stuart no responde de inmediato. Cuando lo hace, no da nombres. Dice: el día que conocí la violencia. La violencia como un lugar. Un umbral que cruzó de niño y del que nunca encontró la salida. No hay música. No hay close-up dramático. Solo esa frase flotando. Y Hardy cargándola con el cuerpo entero, los hombros abajo, la mirada en ningún lado.

Lo que Stuart le pedía a Alexander no era compasión. Era tiempo. Que alguien se quedara el tiempo suficiente para entender que la misma persona que dormía en las calles de Cambridge era el chico que nadie se había tomado el trabajo de conocer. Alexander no era el héroe iluminado que salva al marginal. Era un tipo de clase media con sus propios puntos ciegos que se tropezó con alguien que no encajaba en ninguna caja y aprendió, despacio, a quererlo sin necesitar que cambiara. Eso es todo. Y a veces eso es todo lo que alguien necesita. Que alguien se quede.

Pienso en el momento en que dejé de buscar a esa persona que conocía. Pienso en la frase que me dije: no era mi problema. Y me pregunto si alguien, en algún punto de la vida de Stuart, se dijo lo mismo. Si fue así de sencillo. Si así de sencillo es siempre. La película está en plataformas de catálogo. El libro también existe y hace cosas que la pantalla no alcanza. Son dos experiencias distintas. Las dos preguntan lo mismo: ¿Qué asesinó al niño que fui?