
Coyote vs. Acme por fin le da al Coyote su día en los tribunales
Durante buena parte de su vida, el Coyote ha seguido más o menos la misma rutina.
Pedir algo por ACME. Abrir la caja. Seguir las instrucciones. Ver cómo el plan sale terriblemente mal. Caer por un precipicio. Quedar aplastado durante unos segundos. Recuperarse. Intentarlo otra vez.
Nada de llamar a servicio al cliente.
Nada de pedir devolución.
Nada de escribir un correo furioso a las dos de la mañana.
Simplemente otro paquete llegando al desierto.
Después de décadas haciendo exactamente eso, Coyote vs. Acme plantea una pregunta tan evidente que resulta extraño que nadie la hubiera hecho antes.
¿Qué pasaría si el Coyote hubiera guardado las facturas?
Esa pequeña idea convierte uno de los chistes más antiguos de la animación en una batalla judicial. Wile E. Coyote lleva años comprando cohetes, imanes gigantes, explosivos, resortes y toda clase de inventos sospechosos de ACME Corporation mientras intenta atrapar al Correcaminos.
Hasta que un día considera una posibilidad.
Tal vez el problema no sea él.
Tal vez los productos sean malísimos.
Así que consigue un abogado.
Y, de repente, una caricatura sobre yunques que caen del cielo termina hablando de algo que conocemos demasiado bien.
Intentar que una empresa enorme admita que algo salió mal.
Tal vez el Coyote siempre fue un cliente
Hay algo muy divertido en volver a mirar aquellas caricaturas del Correcaminos desde esta perspectiva.
Cuando éramos niños rara vez nos preguntábamos de dónde salían todos esos objetos.
Aparecía una caja de madera con ACME escrito en un costado y eso bastaba.
El Coyote la abría.
Nosotros esperábamos la explosión.
Ese ritual era parte del encanto.
Pero crecer hace cosas extrañas con las caricaturas.
Ahora uno ve esas cajas y empieza a pensar en garantías.
¿Quién aprobó ese cohete?
¿Tenía política de devoluciones?
¿ACME sabía que ese agujero portátil podía mandar a alguien al otro lado de una pared?
¿Venía manual de instrucciones?
Probablemente no sea casualidad que Coyote vs. Acme resulte todavía más graciosa cuando uno ya ha pasado por menús automáticos de atención al cliente, solicitudes de garantía, cancelaciones imposibles y correos que comienzan diciendo algo parecido a “entendemos tu frustración”.
Wile E. Coyote puede ser uno de los clientes más pacientes de la historia.
Lleva recibiendo productos defectuosos desde 1949.
Y entonces aparece un abogado de esos que uno ve en una valla
La persona dispuesta a tomar su caso es Kevin Avery, interpretado por Will Forte.
Kevin no es precisamente el abogado que uno imaginaría derrotando a una gran corporación. Su carrera no ha ido demasiado lejos y ACME tiene mucho más dinero, influencia y poder legal que él.
Lo cual, pensándolo bien, lo convierte en una pareja bastante adecuada para el Coyote.
Ninguno empieza desde una posición cómoda.
Uno lleva años perdiendo casos.
El otro lleva años perdiendo contra un pájaro.
Juntos deciden enfrentarse a una empresa que está acostumbrada a ignorar a personas como ellos.
Al otro lado aparece John Cena como Buddy Crane, abogado corporativo de ACME, alguien perfectamente cómodo defendiendo una maquinaria mucho más grande que cualquier persona parada frente a ella.
Y ahí la película empieza a tocar una frustración bastante conocida.
No simplemente perder.
Perder frente a algo que casi ni se entera de que estuviste allí.
Lo extraño es que la propia película terminó dentro de su mismo chiste
Aquí aparece la parte que parece inventada.
Coyote vs. Acme estuvo a punto de desaparecer.
La película estaba terminada cuando Warner Bros. decidió no estrenarla. Durante un tiempo, una película completa de los Looney Tunes se convirtió en algo de lo que todos hablaban pero que nadie podía ver.
Una película sobre un personaje pequeño enfrentándose a una corporación gigantesca estaba guardada en un cajón por decisión de una corporación gigantesca.
Casi se escucha el efecto de sonido.
Después apareció Ketchup Entertainment y, finalmente, la película consiguió llegar a los cines.
Ahora es difícil separar esa historia de lo que ocurre en pantalla.
No porque cada escena estuviera anticipando lo que sucedería detrás de cámaras, sino porque Wile E. Coyote parece el personaje perfecto para protagonizar una película que estuvo a punto de ser borrada.
Si alguien entiende lo que significa quedar aplastado y volver a levantarse, es él.
Lo curioso es que siempre estuvimos del lado del que perdía
El Correcaminos gana siempre.
Esa es la regla.
Bip bip.
Nube de polvo.
Se acabó.
Pero pensemos un momento en quién pasábamos realmente el tiempo mirando.
Al Coyote.
Lo veíamos abrir la caja.
Hacer el plano.
Construir la máquina.
Colocar la carnada.
Y detectar, un segundo demasiado tarde, que todo estaba a punto de salir mal.
Entonces llegaba esa pequeña pausa.
A veces miraba directamente hacia nosotros.
Y caía.
Casi nunca habla, pero sabemos exactamente qué está pensando.
¿Otra vez?
Quizá por eso el personaje lleva tantos años funcionando.
El Correcaminos tiene velocidad.
El Coyote tiene planes.
Muy malos, aparentemente, pero planes al fin.
Hay algo bastante familiar en abrir otra vez el computador después de que ayer nada salió como queríamos, volver a intentar algo que sigue sin funcionar o convencernos de que esta vez los patines con cohetes definitivamente no van a lanzarnos por un barranco.
Todos tenemos nuestro propio desierto.
Sin necesidad de yunques.
Los Looney Tunes todavía saben ser absurdos
Coyote vs. Acme coloca al Coyote en un mundo compartido por humanos y personajes animados, siguiendo una tradición que pasa por películas como ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Space Jam y Looney Tunes Back in Action.
Eso permite que aparezcan caras conocidas.
Bugs Bunny, Porky, Piolín, Silvestre, Sam Bigotes, el Gallo Claudio y otros recuerdan hasta qué punto el universo de los Looney Tunes creció durante décadas de televisión, mañanas de fin de semana y caricaturas que fueron pasando de una generación a otra.
Pero los mejores guiños no son necesariamente los que buscan que reconozcamos a alguien al fondo.
La película entiende algo mucho más básico sobre los Looney Tunes.
Los objetos tienen permiso para comportarse mal.
La gravedad puede tardar unos segundos en recordar su trabajo.
Un túnel pintado puede funcionar para un personaje y seguir siendo una pared para otro.
Alguien puede sobrevivir a algo completamente absurdo y aparecer en la siguiente escena cubierto de hollín.
Nadie necesita explicarnos esas reglas.
Las aprendimos hace años.
Y quizá por eso un tribunal termina funcionando tan bien
Un tribunal parece el último lugar donde debería estar Wile E. Coyote.
Todo depende de pruebas, procedimientos, documentos y reglas.
El Coyote viene de un universo donde incluso la gravedad es negociable.
Y, sin embargo, juntar esos dos mundos tiene bastante sentido.
Porque debajo de toda la dinamita, Coyote vs. Acme está preguntando quién decide cuándo un fracaso es culpa tuya.
Esa pregunta llega bastante más lejos que un desierto animado.
A veces nos culpamos porque resulta más fácil que cuestionar el sistema que tenemos enfrente.
La plataforma no funcionó, así que seguramente hicimos algo mal.
El proceso rechazó la solicitud, así que tal vez llenamos mal algún formulario.
La empresa dice que todo está funcionando correctamente, entonces quizá el problema sí somos nosotros.
Wile E. Coyote pasó décadas pensando que solo necesitaba un mejor plan.
Hasta que un día decidió mirar hacia la empresa que le estaba vendiendo los cohetes.
Es un cambio pequeño.
Pero cambia por completo la conversación.
Hay un momento antes de la caída que no puedo dejar de pensar
Hay un gesto clásico del Coyote que siempre me ha gustado.
Corre más allá del borde de un precipicio, pero no cae inmediatamente.
Durante un segundo todo sigue bien.
Después mira hacia abajo.
Luego nos mira a nosotros.
Solo entonces aparece la gravedad.
Tal vez Coyote vs. Acme funciona porque le da un segundo más antes de la caída.
Tiempo suficiente para preguntarse quién fabricó el cohete.
Tiempo para buscar la factura.
Tiempo para conseguir un abogado.
Después de tantos años, verlo finalmente defender su caso resulta extrañamente satisfactorio.
No porque necesite derrotar al Correcaminos.
Tal vez nunca necesitó hacerlo.
Quizá solo necesitaba que alguien aceptara que después de varios miles de explosiones el cliente podía tener algo de razón.
Y queda una pregunta rondando.
Cuando veías estas caricaturas de niño, ¿querías que el Coyote atrapara al Correcaminos?
¿O esperabas secretamente que volviera a fallar porque verlo intentar era justamente la razón por la que seguíamos mirando?
Tal vez ahí estaba el verdadero truco.
El Coyote nunca necesitó ganar para que nos quedáramos.
Solo necesitaba abrir una caja más de ACME.





