
El día que una pantalla entró en la habitación y no fue Toy Story
El otro día estaba ordenando unas cajas viejas en el fondo del armario y me topé con un viejo camión de plástico sin una rueda. Tenía los ojos un poco despintados y el parachoques rayado de tanto chocar contra las patas de las sillas. Lo miré unos segundos, lo dejé sobre la mesa y me quedé pensando en cómo cambian los objetos que nos rodean.
Hace ya más de treinta años que Pixar nos metió en la cabeza la idea de que nuestros juguetes cobraban vida cuando cerrábamos la puerta de la habitación. Desde aquel lejano 1995, la saga ha sido un espejo de cómo nos hacemos mayores. Vimos a Andy crecer, regalar sus tesoros en una tercera entrega que nos hizo llorar en el cine a los que ya éramos adultos, y luego pasamos por una cuarta película que se sintió como una despedida definitiva. Por eso, cuando se anunció que llegaría otra secuela, muchos compartimos la misma duda: ¿para qué volver a abrir esa caja?
Quizá esta historia merezca una visita, no porque intente superar a las anteriores en espectacularidad técnica, sino porque pone sobre la mesa una conversación que muchos estamos teniendo en la sala de la casa. En esta Toy Story 5 reseña, más allá de analizar texturas o giros de guion, queremos hablar de lo que pasa cuando el juego cambia de reglas.
El verdadero rival no lleva capa ni rayos láser
En las películas anteriores, los peligros reales de Woody y Buzz Lightyear eran bastante físicos: el niño vecino que destruía juguetes por diversión, un coleccionista codicioso, o un oso rosa atrapado en su propio rencor dentro de una guardería. En esta entrega, dirigida con buen pulso por Andrew Stanton, el centro de atención cambia por completo.
Bonnie ya tiene entre ocho y nueve años. Sigue siendo una niña creativa que inventa misiones imposibles para Forky y Jessie en su alfombra, pero le cuesta relacionarse en la escuela. Se encierra en sí misma. Ante esto, sus padres toman una decisión que millones de familias toman cada día en el mundo real: le regalan una tableta digital llamada Lilypad para que juegue en internet con sus compañeras de clase de baile.
Aquí es donde aparece algo interesante en el guion. La tecnología no está pintada como un monstruo malvado. Lilypad —que en su versión original tiene la voz de Greta Lee— no quiere destruir el orden de la habitación ni conquistar el mundo. Hace exactamente el trabajo para el que fue construida: entretiene de forma limpia, organiza actividades y conecta personas. El problema real son los atajos cotidianos que ofrece. En la pantalla, Bonnie encuentra un espacio donde interactuar sin el riesgo de pasar por la timidez del patio de recreo, sin exponerse a que le digan que no, y sin tener que lidiar con la frustración de las primeras palabras cara a cara.
Mientras tanto, en el suelo de la habitación, los juguetes tradicionales se quedan mirando una espalda. No los han tirado a la basura; simplemente han quedado eclipsados por un rectángulo luminoso.
Jessie y los miedos del armario
Si hay un personaje que sostiene el peso emocional de esta película, es Jessie. Desde su aparición en la segunda entrega, la vaquerita ha cargado con el recuerdo del abandono de Emily, aquella niña que creció y la dejó debajo de la cama. En Toy Story 5, al asumir el liderazgo del grupo tras la partida de Woody, esos viejos fantasmas regresan.
Cada tarde que Bonnie pasa pegada a la pantalla viendo vídeos o juegos en red, activa una alarma silenciosa en el grupo. Jessie entiende mejor que nadie que la niña no está dejando de jugar porque esté madurando. Está dejando de jugar porque el entorno a su alrededor se ha transformado.
Hay un desvío natural en la trama donde Jessie y el caballo Perdigón terminan separados de la casa de Bonnie y acaban por accidente en el antiguo hogar de Emily. Allí descubren a Blaze, una pequeña que todavía mantiene el hábito de levantar castillos con sábanas y darles voz a muñecos de plástico. Ese contraste golpea directo al espectador. La película deja de ser una aventura de rescate común y se convierte en una observación sobre cómo se están perdiendo los espacios de imaginación pura antes de que la infancia siquiera termine.
El encanto de lo que se vuelve viejo muy rápido
Uno de los grandes aciertos de esta Pixar Toy Story 5 opinión personal tiene que ver con los nuevos compañeros de ruta. En su viaje, Jessie se encuentra con un trío de aparatos tecnológicos obsoletos:
- Atlas: un GPS primitivo con forma de hipopótamo.
- Snappy: una cámara infantil que saca fotos borrosas y pixeladas.
- Smarty Pants: un pequeño juego portátil diseñado para enseñar a los niños a ir al baño.
Son personajes divertidos, pero cargan con una tristeza compartida con los juguetes tradicionales. Ellos también prometieron modernidad en su momento, fueron el centro de atención durante una Navidad y terminaron arrinconados cuando llegó un modelo con mejor procesador. Al juntarlos con los juguetes de siempre, la película nos deja ver una idea muy humana: no todos los dispositivos son enemigos de la fantasía; a veces, los aparatos viejos y rotos conservan ese mismo espíritu de juego imperfecto que tanto defendemos.
Por supuesto que Woody y Buzz aparecen en la pantalla. Woody regresa con un aspecto un poco descuidado y un poncho gastado, y Buzz comanda un ejército de figuras espaciales equipadas con pequeños drones que parodian las tendencias actuales de los juguetes modernos. Pero la historia es lo bastante madura como para no darles todo el protagonismo. Funcionan como esos viejos amigos que miran cómo avanza el tiempo sin poder detenerlo, aportando el peso de tres décadas de recuerdos compartidos.
Cuando los niños actúan de otra manera
Durante años, la gran angustia de esta saga era el paso del tiempo. El miedo a que el niño creciera, se fuera a la universidad y las cajas terminaran en el camión de las donaciones. En este escenario de juguetes vs tabletas, el panorama es distinto. El conflicto actual en la tecnología en la infancia cine no es que los niños se hagan adultos antes de tiempo, sino que la propia naturaleza de la infancia se está modificando a través de los hábitos digitales.
Bonnie no se ve feliz usando el dispositivo de forma constante; se nota cansada, abrumada por los estímulos de la red y atrapada en una dinámica que la aleja del contacto directo. La cinta nos muestra escenas muy claras de esa dependencia digital que hoy preocupa tanto en los colegios y en las mesas a la hora de cenar.
Hacia el final, hay un momento muy sencillo y limpio donde las luces de los aparatos se apagan. Toda la trama se reduce a ver si dos niñas reales pueden sentarse juntas en el suelo y empezar a hablar sin necesidad de un intermediario digital o un algoritmo que les diga cómo entretenerse. Ahí es donde el director nos recuerda el valor de los objetos que tocamos, rompemos y compartimos.
Toy Story 5 funciona porque no intenta darnos una lección de moral sobre el uso de los teléfonos móviles ni se planta desde el pedestal del experto que sabe cómo educar a las nuevas generaciones. Es, más bien, una invitación a mirar de cerca cómo estamos construyendo nuestros ratos libres.
A veces nos preocupamos demasiado por comprar el último modelo, por estar conectados a la velocidad más alta o por llenar cada minuto libre con una pantalla interactiva para no aburrirnos. Pasamos el día revisando notificaciones en el teléfono mientras los objetos que de verdad formaron nuestra identidad se llenan de polvo en algún rincón.
Al salir del cine, me acordé otra vez del camión sin rueda que dejé sobre la mesa de mi casa. Pensé en las tardes enteras que pasé imaginando que volaba por encima del jardín y en lo poco que necesitaba para pasarla bien.
¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a jugar con algo que no tuviera una batería dentro? ¿Qué recuerdos crees que van a guardar los niños de hoy cuando miren atrás dentro de treinta años?





