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El Director de esta Película Tenía 16 Años Cuando la Ideó.

Donde No Hay Salida

Hay lugares que existen para que haya gente y cuando la gente no está se convierten en otra cosa. Una tienda de muebles enorme a punto de cerrar. Un centro comercial un domingo antes de que lleguen los primeros clientes. Un pasillo de oficinas después de las seis de la tarde. Están perfectamente iluminados. Huelen a plástico y a aire acondicionado. No hay nada amenazante. Y aun así algo en el cuerpo dice que no deberías estar ahí, que ese espacio fue diseñado para ser ocupado y la ausencia de personas no lo hace vacío sino incompleto, como una oración sin verbo. Esa sensación tiene nombre desde 2019: espacios liminales. Y Kane Parsons, que tenía dieciséis años cuando lo entendió mejor que nadie, construyó una película entera sobre ella.

Backrooms: Sin Salida empieza con Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto fracasado que administra una tienda de muebles gigante y medio vacía llamada Cap’n Clark’s Ottoman Empire a comienzos de los noventa. Vive prácticamente adentro del negocio. Su matrimonio se cayó. Su vida se cayó. El negocio también se está cayendo. Un día encuentra una pared que se comporta diferente a las otras paredes — porosa, permeable — y al atravesarla aparece en un sistema infinito de habitaciones con alfombra húmeda, luz fluorescente y el zumbido constante de algo que no sabe identificar. Su terapeuta (Renate Reinsve, la actriz noruega de La peor persona del mundo) termina entrando también. A partir de ahí la película deja de ser lo que era.

El concepto viene de un creepypasta publicado de forma anónima en 4chan en 2019. Una sola fotografía de una oficina amarilla y vacía, acompañada por un texto sobre “salirse accidentalmente de la realidad” y quedar atrapado para siempre en un sistema infinito de habitaciones con alfombra húmeda y zumbido eléctrico. La imagen se volvió viral porque tocó algo muy específico de la ansiedad contemporánea: el miedo a los espacios impersonales donde el ser humano parece haber desaparecido. De ahí nació el fenómeno de los espacios liminales — imágenes de escuelas vacías, centros comerciales abandonados, corredores silenciosos que producen nostalgia y extrañeza al mismo tiempo, la sensación de haber estado ahí antes en un sueño. Kane Parsons, a los dieciséis, convirtió esa idea en una serie de cortos con estética VHS que acumularon millones de vistas. A24 lo llamó. Osgood Perkins — director de Longlegs, e hijo del actor que interpretó a Norman Bates en Psicosis — quedó como productor. El resultado es esta película.

Lo que Parsons sabe hacer es que la amenaza nunca termina de mostrarse. No hay sustos fáciles. Hay pasillos. Hay silencio. Hay la sensación permanente de que algo puede aparecer detrás de cualquier esquina sin que aparezca todavía. Ejiofor construye un Clark lleno de rabia contenida y resentimiento sin dirección — el tipo de hombre que no sabe con quién está peleando pero sabe que lleva años perdiendo. Reinsve hace algo más difícil: una terapeuta que dice las cosas correctas con el tono de alguien que no les cree. Juntos sostienen el peso dramático de una historia que prefiere la incomodidad a las respuestas, el zumbido al grito.

Hay un momento en la película, cerca del segundo acto, donde Clark se sienta a una mesa de comedor frente a Mary en uno de esos cuartos imposibles y la escena se convierte en algo que no esperabas que fuera. Saramago diría que ahí es donde la sangre se mezcla con la leche. Parsons no lo explica. Lo deja ahí, en el piso, y sigue.

La pregunta que deja Backrooms no es si Clark encuentra la salida. Es si la salida conduce a algún lugar donde valga la pena estar.