Literatura,  Grandes Clásicos,  Literatura Contemporánea

El Libro Donde Votar en Blanco se Convierte en el Crimen más Peligroso del Mundo

Los que No Eligen a Nadie

Hay algo que nadie te enseña sobre los procesos electorales: que la opción más honesta a veces no está en la tarjeta. Que puedes mirar todas las opciones disponibles, tomarte el tiempo, leer los programas, escuchar los discursos, y aun así salir de la cabina sintiendo que ninguna de esas personas representa lo que tú necesitas que alguien represente. No es apatía. No es ignorancia. Es ver con claridad y no encontrar nada que valga tu nombre. Eso, en casi cualquier democracia del mundo, no tiene nombre oficial. El sistema no sabe qué hacer con eso porque el sistema fue construido para contar votos, no para entender silencios.

Saramago sí sabía qué hacer con eso. En Ensayo sobre la lucidez, publicada en 2004, imagina una ciudad donde el 83% de los ciudadanos vota en blanco en las elecciones municipales. No como protesta coordinada. Sin líder, sin manifiesto, sin ninguna organización detrás. Solo la misma decisión tomada en silencio por miles de personas el mismo día. El resultado oficial: 8% para el partido de la derecha, 8% para el partido del centro, 1% para el partido de la izquierda, y 83% de papeletas en blanco. Limpiamente contadas. Perfectamente registradas. Y absolutamente inmanejables para el sistema que las recibió.

Lo que el gobierno hace a continuación es la parte que Saramago cuenta con una ironía que tarda en doler y luego no para. No reflexiona. No convoca mesas de diálogo. No pregunta qué salió mal. Declara estado de emergencia. Repite las elecciones y el porcentaje de votos en blanco sube. Abandona la ciudad. La deja sola, sin servicios, sin presencia del Estado, esperando que el hambre y el miedo produzcan el resultado correcto en la siguiente votación. Y cuando eso tampoco funciona, manda a un agente a investigar. Porque el sistema no puede aceptar que no haya un cerebro detrás de todo esto, un líder clandestino, una conspiración organizada. La idea de que la gente simplemente decidió —sola, libre, en silencio— es más amenazante que cualquier terrorismo.

Esta novela es la secuela directa de Ensayo sobre la ceguera. Los mismos personajes vuelven: la mujer del médico, el grupo que sobrevivió al manicomio, la misma ciudad sin nombre. Saramago construyó las dos como díptico: primero mostró qué somos cuando perdemos los sentidos, ahora muestra qué somos cuando los recuperamos y decidimos usarlos. La ceguera de la primera novela era física, caótica, impuesta. La lucidez de esta es peor para el poder: es tranquila, es colectiva, y nadie la ordenó.

El libro se publicó veinte años antes de que “voto en blanco” fuera tendencia en cualquier país del mundo. Antes de que la gente empezara a decir en voz alta que no se siente representada. Saramago no predijo nada. Diagnosticó algo que ya vivía en la fractura entre los ciudadanos y sus instituciones, y lo convirtió en novela antes de que tuviéramos el lenguaje para nombrarlo.

¿Qué hace el sistema para convencerte de que no lo hagas?