
El Libro que Escribió la Pandemia Antes de que Existiera
Hubo un momento en 2020 en que salí a la calle con tapabocas por primera vez y no reconocí a nadie. No porque no los conociera. Sino porque sin ver las caras, todos éramos el mismo cuerpo con miedo. El señor de la tienda, la vecina del tercero, el muchacho que siempre me saludaba en la esquina — reducidos a ojos y frente. Yo también era eso para ellos. Y en ese momento entendí algo que un escritor portugués había entendido veinticinco años antes: que la ceguera no necesita oscuridad. Que la peor ceguera es blanca.
José Saramago publicó Ensayo sobre la ceguera en 1995. La historia arranca con un hombre que se queda ciego al volante, en un semáforo en verde, sin previo aviso. No hay oscuridad. Hay una luz blanca, total, como si el mundo entero se llenara de leche. En horas, la ceguera se contagia. El gobierno toma la única decisión que saben tomar los gobiernos cuando no entienden algo: encierran a los afectados. Los mandan a un manicomio abandonado. Los dejan ahí. Y luego se olvidan de ellos.
Lo que pasa dentro de ese manicomio es lo que Saramago realmente vino a contar. Sin nombres — ningún personaje tiene nombre, solo descripciones: el médico, la mujer del médico, la chica de las gafas oscuras, el viejo de la venda negra. Sin identidad, la gente deja de ser persona y empieza a ser instinto. Un grupo armado toma el control de la comida. Primero pide objetos de valor. Luego pide mujeres. Lo hace porque puede, porque nadie ve, porque sin testigos no hay vergüenza ni consecuencia. Hay una escena donde la sangre de alguien asesinado se mezcla en el piso con leche derramada. Saramago no la describe como tragedia. La describe como suciedad que hay que limpiar. Ese es el golpe: la velocidad con que el horror se vuelve rutina.
Hay una sola persona que conserva la vista: la mujer del médico. Nadie sabe por qué. Ella tampoco. Lo que sí entiende es que no puede decirlo, porque la lucidez en un mundo de ciegos es más peligrosa que la ceguera. Tiene que fingir que no ve para sobrevivir entre los que no ven. Tiene que cargar sola con ver todo lo que los demás no pueden ver. Es una carga que Saramago no romanticiza. No hay heroísmo. Solo hay una mujer que ve cosas que desearía no tener que ver, y que igual no cierra los ojos.
Saramago ganó el Premio Nobel de Literatura en 1998, tres años después de publicar este libro. Cuando llegó la pandemia de 2020, Ensayo sobre la ceguera volvió a las listas de más vendidos en todo el mundo. La gente lo buscaba como si fuera un manual de instrucciones para sobrevivir al colapso. Lo que encontraba no era un manual. Era un espejo. Saramago no había imaginado ninguna catástrofe. Había visto algo que ya existía — la fragilidad del orden, la rapidez con que desaparece la civilización cuando desaparece la mirada del otro — y lo había escrito antes de que tuviéramos excusa para negarlo.

La pregunta que deja el libro no es si algo así puede pasar. Ya pasó. La pregunta es qué estabas viendo tú cuando preferiste no mirar.





