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FRANKENSTEIN y la belleza gotica

¿Puede un monstruo ser hermoso si su soledad es tan devastadora que atraviesa la pantalla? Porque la belleza de esta criatura no nace de su apariencia, sino de la tristeza insoportable que carga. ¿Es posible que la perfección visual de una película termine convirtiéndose en su propia maldición? Guillermo del Toro no reinventa el mito de Frankenstein: lo viste con terciopelo gótico, lo baña en una paleta de colores suntuosa y le regala a Jacob Elordi la oportunidad de romper corazones desde su deformidad prostética.

Cuando La Belleza Visual Se Convierte En Un Problema

La historia es la de siempre, la que Mary Shelley escribió en 1818 y que el cine ha revisitado docenas de veces sin lograr superarla: Victor Frankenstein, interpretado por Oscar Isaac, es un médico obsesionado con vencer a la muerte que cose miembros de cadáveres hasta dar forma a una criatura que cobra vida con electricidad y despierta a un mundo que la rechazará brutalmente por su apariencia.

Del Toro conoce este territorio de memoria, sus monstruos siempre han sido más humanos que los humanos que los persiguen, y aquí despliega todo su arsenal visual sin contención alguna. Los decorados parecen catedrales en descomposición, los vestuarios rezuman opulencia decadente, y los efectos prácticos prometen envejecer con la dignidad de El Señor de los Anillos en lugar de con la vergüenza digital de El Hobbit.

Es una película diseñada meticulosamente para ser nominada al Oscar de dirección artística, y precisamente ahí está su mayor virtud y también su mayor problema: la belleza termina importando más que los personajes. Probablemente lo consiga, porque cada plano funciona como un cuadro que podría colgarse en un museo dedicado al romanticismo oscuro.

Pero la belleza visual de Del Toro esconde el mismo problema recurrente en casi toda su filmografía, con la honrosa excepción de El Laberinto del Fauno: lo estético devora despiadadamente lo narrativo. Este Frankenstein no aporta absolutamente nada nuevo al mito ya saturado hasta el agotamiento.

La Belleza Gótica De Frankenstein

El patetismo de la criatura, su incomprensión por parte de la sociedad hipócrita, el complejo de Dios del creador, el prólogo en el Polo Norte, todo estaba ya en la versión de Kenneth Branagh de 1994 con Robert De Niro como el monstruo, que profundizaba mucho más en la tragedia del doctor Frankenstein. Aquí, el personaje de Isaac queda reducido a un mad doctor con daddy issues; desprecia a su creación porque su padre lo despreció a él primero.

Simple, manido, narrativamente insuficiente. La voz en off sobreexplica constantemente lo que Mary Shelley dejó perfectamente claro hace más de dos siglos: el verdadero monstruo es el creador, no la criatura. No hacía falta repetirlo cada quince minutos como si el público fuera incapaz de captar la metáfora más obvia de la literatura gótica.

Lo que sí funciona, y con una contundencia genuinamente conmovedora, es Jacob Elordi dando voz y cuerpo a la criatura. El joven actor australiano encarna la soledad existencial del monstruo con una vulnerabilidad que perfora la prótesis y el maquillaje más elaborado.

Es el único elemento genuinamente romántico de esta lectura del mito: su belleza trágica reside en su incapacidad devastadora para ser amado pese a poseer más humanidad que quienes lo rechazan por instinto.

Del Toro vuelve a los temas que atraviesan obsesivamente toda su obra, desde La Forma del Agua hasta Pinocho y El Callejón de las Almas Perdidas; el outsider que busca desesperadamente pertenencia, la sociedad como verdadera amenaza monstruosa, el amor como única redención posible en un mundo cruel. El problema fundamental es que ya lo hemos visto tantas veces, tanto en su propia filmografía como en adaptaciones previas de este mismo relato, que resulta difícil involucrarse emocionalmente con personajes cuyo destino conocemos desde el primer fotograma.

Frankenstein es un festín visual impecable que compensa solo parcialmente un guión predecible y personajes insuficientemente desarrollados. Si buscas disfrutar del cine como espectáculo estético puro, Del Toro te regala dos horas de diseño cinematográfico impecable. Si buscas una revisión profunda y original del mito de la creación y la responsabilidad moral, mejor regresa a la novela original de Shelley o revisa la versión subestimada de Branagh.

Frankenstein es un estreno que no te puedes perder si valoras la artesanía visual por encima de la profundidad narrativa, y si aceptas que a veces la belleza puede ser su propia jaula dorada, al final, Frankenstein demuestra que la belleza puede ser tan fascinante como insuficiente.

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