
La Película que Ganó el Óscar Hablando de Todo lo que Perdimos. Es una Disculpa. Para Sus Hijos. Y para los Tuyos.
La Deuda del Mundo
Hay gente que perdió y siguió. Una batalla tras otra es exactamente sobre eso, que salió a la calle al día siguiente como si nada, aunque algo adentro ya no fuera lo mismo. Conozco a alguien que pasó años creyendo que el mundo podía cambiar si suficiente gente lo empujaba en la misma dirección. Organizaba reuniones en una sala pequeña. Imprimía volantes. Hablaba con una convicción que daba envidia. Un día dejó de aparecer.
No hubo anuncio, no hubo despedida. Después supe que seguía viviendo en la misma ciudad, con los mismos hijos, en la misma rutina. Cuando le pregunté qué había pasado, dijo algo que no olvidé: “Perdimos. Pero lo peor no fue perder. Lo peor fue darme cuenta de que el mundo siguió igual, como si nunca hubiéramos estado ahí.” Esa frase lleva años dando vueltas. Hasta que vi una película que la entendió mejor que yo.
Una batalla tras otra como retrato del cansancio político
Una batalla tras otra (One Battle After Another, 2025) es la película con la que Paul Thomas Anderson ganó sus primeros tres Óscar en la 98ª edición de la Academia — mejor película, mejor dirección y mejor guion adaptado — después de once nominaciones sin llevarse ninguna. La protagonizan Leonardo DiCaprio, Sean Penn y Benicio del Toro.
Está inspirada en Vineland, la novela de Thomas Pynchon sobre los movimientos revolucionarios de los sesenta, pero Anderson la arrastró hasta hoy: centros de detención de inmigrantes en la frontera, supremacistas blancos en el poder, exrevolucionarios que ahora se llaman “la resistencia”. Fue filmada antes de que nada de eso volviera a los noticiarios. Eso importa. Porque lo que Anderson hace con esa distancia no es profetizar. Es algo más difícil.
DiCaprio está sentado entre gente que fue su gente. En Una batalla tras otra, ese silencio pesa más que cualquier discurso, nadie habla de lo que perdieron. Hablan de lo que sigue, como si los años que pasaron creyendo en algo no merecieran ni un minuto de duelo. Uno dice “el mundo ha cambiado poco” con la misma cara con que diría buenos días. Y en ese instante Anderson no está filmando una derrota política.
Está filmando cómo la gente aprende a cargar con ella sin que se note. DiCaprio no actúa la rabia. Actúa el cansancio de alguien que sigue de pie porque no sabe hacer otra cosa. Eso es más difícil de filmar que cualquier escena de acción. Y Anderson lo sabe.
Lo que Anderson entiende es que perder una batalla no te saca del juego. Te cambia el lugar desde donde juegas. Los personajes de Una batalla tras otra no son héroes caídos.
Son gente que tuvo que aprender a vivir con la versión de sí mismos que quedó después de creer en algo. Eso es distinto al fracaso. El fracaso tiene fecha. Esto no. Esto es una conversación que el cuerpo sigue teniendo aunque la cabeza ya haya firmado la rendición. Anderson filmó eso con DiCaprio tan colgado como perdido, con Sean Penn ejerciendo de villano grotesco que encarna todo lo que ganó, con una energía visual que mezcla el caos de acción con la parodia más amarga.
Una batalla tras otra y la derrota que no termina
Anderson dijo al recibir el Óscar que escribió esta película para disculparse con sus hijos por el desastre que les están heredando. Es una frase bonita para un discurso. Pero la película dice algo más incómodo que eso: que la disculpa no alcanza, que el mundo que heredamos siempre viene con las batallas que otros perdieron adentro, y que lo más honesto que podemos hacer con eso es reconocerlo, no resolverlo.
La persona de los volantes tiene ahora hijos también. No sé si alguna vez les habló de aquellos años. No sé si encontró las palabras. La pregunta que deja es sencilla y sin respuesta: ¿qué les contamos?resolverlo. La persona de los volantes tiene ahora hijos también. No sé si alguna vez les habló de aquellos años. No sé si encontró las palabras. Una batalla tras otra es una película que no te vas a poder sacar de la cabeza. Porque Una batalla tras otra no habla de perder, sino de seguir después. La pregunta que deja es sencilla y sin respuesta: ¿qué les contamos?








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