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La Mejor Bailarina del Mundo No Pudo Dejar de Bailar

Lo Que los Zapatos Saben

Hay decisiones que la gente toma convencida de que está eligiendo bien. No por ingenuidad — sino porque en el momento en que eligen, con la información que tienen, con lo que sienten, con lo que saben de sí mismos, esa es la mejor decisión posible, las zapatillas rojas es una historia sobre eso. Y aun así las consecuencias llegan. No porque hayan elegido mal. Sino porque nadie es adivino.

Conozco a alguien que dejó un trabajo que amaba para estar con la persona que amaba. Pensó que había elegido bien. Durante un tiempo lo fue. Después las cosas cambiaron de una forma que nadie podía haber visto venir, y se quedó sin las dos cosas. No por cobarde ni por tonto. Por humano. Esa es la trampa que nadie te explica cuando te dicen que confíes en tus decisiones: que confiar no te protege de lo que viene después. Una película de 1948 lo entendió antes que nadie.

Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948) no es una película sobre el ballet. Es una película sobre Victoria Page, una bailarina que un día se pone unos zapatos y descubre que no puede quitárselos. Nada de eso explica por qué, después de casi ochenta años, sigue siendo imposible de olvidar.

Las zapatillas rojas como historia sobre consecuencias

Victoria está en el camerino. En Las zapatillas rojas, ese momento lo cambia todo, ya tiene puestos los zapatos rojos. No es el momento del ballet — todavía no — pero los zapatos están en sus pies y ella los mira como si no supiera cómo llegaron ahí. Afuera está Julian. Adentro está Lermontov. El escenario espera. Powell y Pressburger no están filmando una decisión.

Están filmando lo que pasa cuando el cuerpo ya sabe lo que la mente todavía no quiere admitir. Los zapatos no la obligan a elegir. Ya eligieron por ella. Y lo que viene después no es consecuencia de haber elegido mal — es consecuencia de haber elegido, punto. De haber sido humana en un mundo que le pedía ser solo bailarina.

Lo que Powell y Pressburger entendieron es que el drama no está en la decisión sino en lo que ninguna decisión puede evitar. Victoria no es débil. No está confundida.

Está viviendo algo que no tiene salida limpia no porque haya hecho algo mal sino porque las consecuencias no distinguen entre buenas y malas elecciones. El ballet no es un capricho — es quien ella es. Julian no es una distracción — es quien ella ama. Y Lermontov, con toda su crueldad, tampoco está equivocado cuando dice que las dos cosas no caben en la misma vida. Tiene razón. Eso es lo más perturbador de la película: que nadie miente, nadie manipula del todo, nadie es el villano del todo. Solo hay personas tomando decisiones sin poder ver lo que viene.

La persona que dejó el trabajo terminó rehaciendo su vida. Tardó años. No habla de aquello como de un error — habla de ello como de algo que simplemente pasó, como el clima.

Eso es lo que Las zapatillas rojas deja después de casi ochenta años: Porque Las zapatillas rojas no trata de elegir bien, sino de no poder evitar las consecuencias, no la historia de una mujer que eligió mal, sino la de una mujer que eligió, como todos elegimos, sin saber. La pregunta que flota al final no es qué habría pasado si Victoria hubiera decidido diferente. Es si existe alguna versión de esta historia donde las consecuencias no lleguen.

En Las zapatillas rojas, el conflicto no se resuelve porque no puede resolverse. No hay una versión de la historia donde Victoria conserve todo. Esa imposibilidad es lo que convierte la película en algo que trasciende el ballet y se vuelve una reflexión sobre cualquier decisión humana profunda.

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