
El libro que nos recuerda por qué insistimos en amar mal
Hace unas horas cerré las páginas de Dime que sí (Una historia) y me quedé un buen rato mirando el techo, con esa sensación extraña que te queda en el pecho cuando un relato te saca un recuerdo que tenías bien guardado en el fondo del cajón. No me interesa ponerme a analizar si la prosa tiene un ritmo perfecto o si la estructura cumple con las reglas de la literatura actual. Para eso están los suplementos culturales. Yo vengo a hablar de lo que me dejó dando vueltas en la cabeza, esa insistencia tan nuestra de querer salvar barcos que ya están hundidos y cómo terminamos estirando los límites de lo aceptable solo por el pánico de quedarnos vacíos. Esta es, al final, la historia de por qué insistimos en amar mal.
El libro me arrastró de inmediato a una historia que conocí de cerca, una de esas relaciones que se viven con el mapa en la mano y el huso horario cambiado. Yo creo que todos hemos tenido, o al menos presenciado, ese momento exacto donde el amor se convierte en un terreno de negociación desesperada. Cuando las cosas empiezan a agrietarse y, en lugar de dar un paso al costado, inventamos contratos nuevos, como si fuéramos abogados de nuestros propios sentimientos tratando de salvar un negocio que ya dio pérdidas.
La historia de las personas de este relato compartido empezó en México. Fueron dos años y cuatro meses de sol pegando en las ventanas de los buses intermunicipales, de manos entrelazadas en cualquier banco de parque de pueblo, de domingos ordinarios que se sentían eternos. Un amor de palabra y de piel, de los que se construyen con la rutina de los días compartidos. Después vino el gran salto, un viaje largo hacia Canadá, y hay algo en las postales de invierno que te hace creer que todo lo que pasa bajo la nieve tiene una garantía de pureza. Allí, entre cabañas de madera, esquíes y risas que se congelaban en el aire para romperse contra el cielo blanco, todavía existía la ilusión de que todo era posible. El frío del norte parecía blindar lo que en el calor del día a día se había empezado a desgastar.
Pero los paisajes cambian más rápido que las personas. Debajo de los abrigos gruesos y las caminatas sobre el hielo, la base ya estaba rota. Hubo una infidelidad de ella, no una sospecha vaga, sino un hecho concreto. Y ahí es donde aparece ese hábito tan humano y tan torpe que también retrata el libro, el intento adulto de arreglar el desastre ensanchando las paredes de la casa a la fuerza.
Ahí empieza, en realidad, a entenderse por qué insistimos en amar mal, para no perderse, decidieron abrir la relación.. Me llamó mucho la atención el catálogo de condiciones que se armaron en la cabeza, esos acuerdos que uno firma cuando está desprotegido y tiene miedo. Se dijeron que sería solo para darse eso que les faltaba, que si algo pasaba tenía que ser ocasional, sin nombres propios, sin Tinder y sin historiales compartidos. El peligro de los contratos afectivos es que casi nunca se firman con la misma tinta. Ella se aburrió rápido de las cláusulas y deslizó el dedo por la pantalla del teléfono. Tinder no estaba en el mapa de lo acordado y al final, para ella, la palabra ocasional significaba simplemente cuando yo quiera y como yo quiera.
A veces permitimos que nos pisen los límites solo por el terror que nos da el silencio que viene después de un adiós. Él dejó pasar los detalles, o al menos eso intentó aparentar mientras ella empacaba sus maletas rumbo a Asia y él intentaba reconstruir su rutina en otro lado. Cuando el amor se niega a morir de verdad, uno es capaz de comprar boletos de avión sin fecha de regreso, solo por la remota posibilidad de un reencuentro que limpie el pasado. Pero el final no llegó con una discusión a los gritos en una cafetería, sino a través de una pantalla, en una llamada de Skype con píxeles torpes, congelamientos de imagen y el desfase de sonido que tienen las conversaciones a mitad del mundo.
Ella llamó para confesar un descuido, un encuentro en su nuevo destino, un preservativo que falló y una enfermedad de transmisión sexual que ahora formaba parte de su cuerpo. Lo contó con la distancia de quien avisa que le cancelaron un vuelo de conexión. Ahí es donde el protagonista de esta historia entendió que el acuerdo abierto ya no era una frontera difusa, sino un riesgo real que tocaba su propia piel. Hay un momento donde el orgullo, o lo que queda de él, te obliga a decir que no puedes permitirlo. El click de colgar la llamada fue el verdadero punto final de los años de México y los meses de Canadá.
Pasaron cuatro años de silencio absoluto, de rehacer la vida, de cambiar de hábitos y de dejar que los días acomodaran las cosas. Un día ordinario, él agarró el teléfono y no escribió un texto largo lleno de reclamos tardíos ni un reproche fuera de época. Simplemente apretó el botón de grabar audio y cantó. Sin música de fondo, con la voz desnuda de la madrugada, le mandó esas líneas que dicen dime que sí, que a mi lado fuiste feliz, que descubriste que el amor no es así, dime que sí, que a mi lado fuiste feliz, a pesar de todo, fue así.
Cuando leí esa escena en el libro, y cuando me acordé de este audio real, entendí que ese gesto no era una súplica para volver. No había ninguna intención de reabrir el caso ni de pedir una mentira piadosa. Era algo mucho más sencillo, la necesidad de verificar que el pasado existió. Una petición para que el otro valide que esos parques mexicanos y esa nieve canadiense también significaron algo del otro lado, que no fueron un invento de la imaginación de quien se quedó solo.
Ella nunca contestó el mensaje y el silencio que siguió fue absoluto, un vacío en la bandeja de entrada que se convirtió en la última nota de la canción. A veces nos mata no recibir una respuesta, pero con el tiempo te das cuenta de que el silencio es una contestación limpísima. Significa que ya no hay nada que darte, ni siquiera una explicación, y eso, aunque al principio deja un sabor amargo, te permite cerrar la puerta con llave.
Hoy, al terminar la lectura, pensaba en cómo miramos atrás. El protagonista de aquel audio hoy ve ese mensaje no enviado en sus borradores y sonríe con una pizca de ironía. Ya no le desangra el recuerdo. Sabe perfectamente que fue feliz a pesar de los engaños, de las pantallas congeladas y de las promesas de plástico. Cantar esa despedida fue, al final del día, su mayor acto de amor propio, no quedarse esperando el sí de nadie, sino dárselo él mismo.
Esa es, quizás, la prueba más clara de por qué insistimos en amar mal: necesitamos que alguien confirme lo vivido antes de soltarlo.
Quizá esta historia merezca una visita, sobre todo si alguna vez han intentado salvar algo usando las palabras equivocadas. Al final, uno se queda pensando cuántas veces necesitamos que el otro nos confirme lo que vivimos para recién ahí darnos el permiso de olvidar.






