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Hay gente que llega cuando uno ya había aprendido a estar solo

Frankie tiene una televisión, un apartamento pequeño, un trabajo al que vuelve todos los días y una vida que parece bastante organizada. No necesariamente feliz. Pero organizada. A veces eso basta.

Hay épocas en las que uno deja de esperar demasiado. Aprende qué comprar en el supermercado, qué programa poner al llegar a casa, a qué hora dormir. Poco a poco esa rutina empieza a parecerse bastante a la tranquilidad. Hasta que aparece alguien.

En Frankie and Johnny, la película de 1991 dirigida por Garry Marshall, ese alguien es Johnny, un cocinero que acaba de salir de prisión y consigue trabajo en el mismo café neoyorquino donde Frankie atiende mesas. Johnny conoce a Frankie y decide bastante rápido que quiere estar con ella. Frankie decide bastante rápido que no.

Ahí empieza el problema. Y, curiosamente, también empieza lo más interesante de la película.

Johnny parece estar empezando y Frankie parece haber terminado

Hay una diferencia enorme entre querer encontrar a alguien y que alguien te encuentre cuando tú no estabas buscando. Johnny sale de prisión con una energía casi absurda por comenzar otra vez. Consigue trabajo. Cocina. Habla. Coquetea. Se entusiasma.

Frankie está en otro lugar. Trabaja. Vuelve a casa. Mira por la ventana. Pone cierta distancia entre ella y los demás. Michelle Pfeiffer interpreta a una mujer que no necesita parecer permanentemente miserable para que entendamos que algo se cerró hace tiempo.

Johnny, en cambio, pregunta, insiste, habla de futuro y convierte pequeños acontecimientos en señales de que ambos deberían estar juntos. Hasta sus nombres le sirven: Frankie y Johnny. Para él parece significar algo. Para ella probablemente solo significa que dos personas tienen nombres.

Pero hay algo que hoy se siente distinto

Ver una comedia romántica décadas después de su estreno tiene una peculiaridad: algunas cosas que la película espera que aceptemos como románticas ya no pasan tan fácilmente. Johnny es insistente. Mucho. Frankie rechaza sus avances varias veces y él continúa buscándola. Otros personajes alrededor de ella también participan en esa idea de que debería abrirse, conocer a alguien, darle una oportunidad.

Eso complica una pregunta que en 1991 parecía mucho más sencilla. ¿Estamos viendo a un hombre que consigue que una mujer vuelva a confiar? ¿O estamos viendo a una mujer a la que nadie deja tranquila hasta que finalmente accede? La película quiere acercarnos a la primera opción. Pero la segunda no desaparece.

Porque Frankie sí quiere cosas

A veces las historias de amor confunden estar sola con estar esperando que alguien llegue. No son exactamente lo mismo.

Frankie tiene miedo de volver a involucrarse con alguien. La película revela de dónde viene parte de esa resistencia y por qué la intimidad para ella no significa únicamente ternura o compañía. Pero reducir todo eso a ‘en el fondo quería enamorarse’ sería demasiado fácil.

Hay momentos en los que Frankie parece querer exactamente lo que dice querer: espacio, tiempo, que Johnny deje de empujar. Y eso hace que la película resulte curiosamente más viva hoy.

Porque alguien puede gustarte y aun así no estar preparado para lo que esa persona quiere de ti. Puedes reírte con alguien, acostarte con alguien, disfrutar de una noche y seguir sin querer construir una vida juntos. Johnny parece incapaz de separar esas cosas. Para él, encontrar conexión significa avanzar. Frankie necesita detenerse.

Funciona mejor cuando dejan de intentar ser una pareja

Las escenas más bonitas de Frankie and Johnny no necesitan demasiada maquinaria romántica. Son conversaciones. Dos personas hablando en una cocina. Una caminata. Un silencio que dura un poco más de lo esperado. Algo incómodo que alguien termina confesando.

Parte de eso viene de la obra original, Frankie and Johnny in the Clair de Lune, mucho más pequeña: dos personajes, prácticamente una habitación y una conversación extendida después de pasar la noche juntos. Para la película, Terrence McNally amplió el mundo y añadió el café, compañeros de trabajo, vecinos y otras situaciones.

Ese cambio también produjo una discusión: Frankie y Johnny originalmente eran personas corrientes. En el cine terminaron convertidos en Michelle Pfeiffer y Al Pacino. Hollywood siendo Hollywood.

Aun así, hay algo que sobrevive a eso

Frankie no quiere que la rescaten. Johnny tampoco parece tener demasiado con qué rescatar a nadie. No tiene dinero ni una vida resuelta. Acaba de salir de prisión. Trabaja frente a una plancha. Ha tenido relaciones que fracasaron. Está solo. Lo único que parece tener en abundancia es esperanza. Y Frankie tiene muy poca.

Quizá por eso se reconocen. No porque sean almas gemelas, sino porque llegan a la misma relación desde lugares completamente diferentes. Una piensa: ¿por qué no intentarlo? La otra: ¿por qué tendría que hacerlo?

También hay algo extraño en cómo hablamos de estar solo

Los personajes alrededor de Frankie parecen asumir que su soltería es un problema pendiente de solución. Seguro conocemos esa conversación: ‘¿y no estás saliendo con nadie?’, ‘tienes que darte la oportunidad’, ‘ya aparecerá alguien’. A veces incluso personas felices estando solas reciben estas frases como si hubieran mencionado un síntoma.

Ahí existe una frontera entre acompañar a alguien a salir del miedo y decirle que sabemos mejor que esa persona lo que necesita. Johnny cruza esa frontera varias veces.

La película consigue que volvamos hacia él porque también nos muestra su soledad, sus fracasos y esa necesidad casi desesperada de creer que todavía puede empezar algo bueno. Eso no convierte automáticamente su insistencia en romántica. Pero evita que el personaje sea solamente un tipo que no escucha.

Al final no hay una solución enorme

No hay aeropuerto. No hay boda. No hay carrera bajo la lluvia. Hay dos personas intentando creer que quizá puedan quedarse un poco más.

No sé si hoy llamaría a Frankie and Johnny una historia de amor ‘realista’ sin agregar alguna explicación después. Hay demasiadas cosas en su idea del cortejo que ahora resultan difíciles de ignorar. Pero precisamente por eso sigue siendo interesante.

La película empieza pareciendo una historia sobre conseguir que alguien vuelva a enamorarse y termina dejando una pregunta más complicada: cuando alguien ha aprendido a vivir detrás de una puerta cerrada, ¿cómo sabes si debes tocar otra vez? ¿Y en qué momento tocar otra vez significa que no escuchaste la primera respuesta?