
La casa donde nadie quiere aceptar que ya se fue
Hay casas en las que parece que alguien acaba de levantarse de una silla. La taza sigue en la mesa. Una puerta quedó entreabierta. Hay ropa guardada en un armario que nadie toca. Todo permanece en su sitio aunque la persona que organizaba esas cosas ya no esté.
Quizá por eso hay algo tan extraño en Los otros. La película de Alejandro Amenábar parece, durante buena parte de su historia, una película sobre fantasmas. Pero también puede verse como una historia sobre algo bastante más cotidiano: lo difícil que puede ser aceptar que una vida ya cambió cuando todo alrededor todavía parece igual.
Y para hablar de eso hay que contar lo que ocurre al final. Así que, desde aquí, hay spoilers.
Primero fueron los ruidos
Grace vive con sus hijos, Anne y Nicholas, en una enorme casa de la isla de Jersey, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Los niños no pueden exponerse a la luz. Cada vez que alguien entra en una habitación debe cerrar una puerta antes de abrir la siguiente. Las cortinas permanecen cerradas. La casa funciona casi como un mecanismo diseñado para mantener afuera el mundo.
Entonces llegan tres sirvientes: Bertha Mills, Edmund Tuttle y Lydia. Y empiezan los ruidos. Pasos. Voces. Puertas. Anne asegura que ha visto personas dentro de la casa. Grace intenta encontrar una explicación mientras la posibilidad más evidente para nosotros, espectadores entrenados por décadas de películas de terror, empieza a instalarse lentamente.
Hay fantasmas. El problema es que estamos mirando hacia el lado equivocado.
Porque sí hay personas caminando por esa casa. Solo que los intrusos no son ellos. La familia de Grace está muerta. Los vivos son los otros.
Ese giro obliga a volver mentalmente sobre todo lo que acabamos de ver. Las puertas, los ruidos, los sirvientes, la niebla, las conversaciones de Anne. Cosas que parecían diseñadas para asustarnos empiezan a significar otra cosa.
Una mujer que necesita que cada puerta permanezca cerrada
Grace controla prácticamente todo: la luz, las puertas, los horarios, la educación religiosa de sus hijos, las habitaciones y hasta las explicaciones posibles. Cuando Anne insiste en que hay otras personas en la casa, Grace no puede aceptarlo con facilidad. No encaja en el mundo que ha organizado.
La oscuridad no está ahí solamente porque una mansión oscura funcione bien en una película de fantasmas. Tiene una razón. Las cortinas tienen una razón. Las puertas tienen una razón. Todo aquello que crea el terror también forma parte de la vida cotidiana de esa familia.
La casa protege a los niños de la luz, pero también mantiene a Grace separada de cualquier cosa que pueda contradecir la versión del mundo que necesita conservar.
Tal vez por eso el título es tan bueno
Los otros. Durante buena parte de la película sabemos perfectamente quiénes son: ellos, los que entraron, los desconocidos, los que hacen ruido detrás de una puerta, los que están ocupando un espacio que consideramos nuestro.
Hasta que la película cambia una pequeña palabra sin cambiarla realmente. Para los vivos, los otros son Grace y sus hijos.
Hay algo bastante humano en esa confusión. Casi siempre somos nosotros quienes decidimos dónde está el centro: nuestra casa, nuestra familia, nuestra versión, nuestra normalidad. Los extraños son quienes llegan después.
Pasa cuando volvemos a un antiguo trabajo y alguien está sentado en nuestro escritorio. Cuando una tienda que llevaba veinte años en una esquina cierra y aparece otra. Cuando entramos al perfil de alguien con quien ya no hablamos y descubrimos una vida que siguió perfectamente sin nosotros.
Sabemos que las cosas cambian. Otra cosa es verlas cambiar sin pedirnos permiso.
Los sirvientes ya lo sabían
Bertha Mills parece sospechosa porque sabe demasiado. Luego entendemos por qué: también está muerta. La diferencia es que ella lo sabe.
Eso cambia por completo la relación entre ambas mujeres. Una intenta conservar desesperadamente las reglas de una casa que cree comprender. La otra sabe que esas reglas ya pertenecen a un mundo que terminó.
Y quizá esa sea una de las cosas más inquietantes de Los otros: descubrir la verdad no significa desaparecer. No hay una puerta brillante que se abra inmediatamente. Grace y sus hijos continúan allí. La casa sigue allí. Los vivos también.
Hay casas que conservamos aunque ya no podamos vivir en ellas
Tenemos una facilidad enorme para guardar versiones antiguas de las cosas. Una habitación que permanece como estaba. Un número de teléfono que nunca borramos. Una conversación archivada. Una chaqueta que lleva años sin salir del armario. Una empresa en la que seguimos diciendo nosotros aunque ya no trabajemos allí.
No necesariamente porque esperemos recuperar algo. A veces simplemente nadie nos avisó en qué momento había que dejar de considerarlo nuestro.
Al final, después de descubrir lo ocurrido, Grace y los niños observan cómo la familia viva abandona temporalmente la propiedad. Afuera aparece un cartel anunciando que la casa está en venta. Grace afirma que la casa es suya.
Puede parecer una declaración victoriosa: los muertos se quedan. Pero también hay algo triste ahí. Porque quedarse no siempre significa haber ganado. A veces significa que todavía no sabemos irnos.
Quizá eso sea lo que más miedo da de Los otros después de conocer su secreto. No los fantasmas. La posibilidad de aferrarnos durante tanto tiempo a una versión anterior de nuestra vida que, cuando finalmente aparece alguien ocupando ese espacio, seamos nosotros quienes preguntemos: ¿qué hacen ellos aquí? Aunque quizá la pregunta correcta fuera otra
¿Qué seguimos haciendo nosotros?






