
El Libro De La Vida
Todos habían muerto es un cuento inspirado en la película El libro de la vida, el cual toma dos personajes principales para darle una especie de prolongación a la trama que se debate entre la vida y la muerte, con una mirada puesta desde lo profundo de una tumba, mientras escucha la canción La llorona y ve caer sobre él una lluvia fina de pétalos de cempasúchil
El libro de la vida y las voces que permanecen
Antes de morir, nadie imagina que la muerte pueda sentirse tan parecida a la vida. En El libro de la vida, los muertos siguen amando, recordando y esperando. No desaparecen: permanecen suspendidos entre canciones, flores y nombres que todavía alguien pronuncia. Quizá por eso la historia de Manolo no termina cuando cierra los ojos, sino cuando descubre que incluso del otro lado sigue buscando a María.
Entre pétalos de cempasúchil, olor a pan de muerto y la voz de La Llorona perdiéndose en el aire, El libro de la vida convierte la muerte en un lugar lleno de memoria. Allí el recuerdo y el olvido pelean por nosotros, mientras los vivos y los muertos apenas se distinguen.
Y quizá esa sea la razón por la que El libro de la vida resulta tan doloroso: porque no habla de morir, sino de seguir sintiendo incluso después. De seguir llamando a alguien en medio de la oscuridad, esperando que responda desde algún rincón del recuerdo. En El libro de la vida nadie se va del todo, porque siempre queda una canción, una flor o un nombre capaz de traerlo de vuelta.
Todos Habían Muerto
María me llamaba: ¡Manolo! ¡Manolo! Su sonido se desvanecía como un suspiro mientras alguien cantaba salías de un templo un día, Llorona, cuando al pasar yo te vi… Toqué en mi mente la guitarra mientras del otro lado Katrina y Xibalba apostaban mi destino: es mío, decía ella; me lo llevo yo, decía él. Yo ni sabía para dónde me iba mientras flotaba en un aire frío, suspendido entre la vida, el recuerdo y el olvido.
Llovían pétalos de cempasúchil y un delicioso olor a pan de muerto llenaba el aire. Una hormiga me picó y no pude alcanzarla. Mis dedos tocaban en el aire la guitarra de la canción. ¿Estoy muerto? Y me desperté sobresaltado. ¡Qué susto! soñé que había muerto. Me asomé al espejo y vi a todos mis muertos celebrando mi llegada. El olor a cempasúchil con pan de muerto crecía mientras una voz seguía cantando. Me senté y lloré mi propia muerte.
¡María! ¡María! Empecé a gritar. ¿Dónde está María? Nadie me daba razón. Katrina y Xibalba me seguían muy de cerca, el recuerdo y el olvido continuaban apostando mi destino. Llegué al pueblo de Comala donde todos habían muerto; María no estaba allí.
Volví a sentir la hormiga y alguien gritó: ¡María! Y cuando quise voltear a mirar y al mismo tiempo rascarme, de nuevo no pude y para rematar se me cayó una falange que sobre la madera sonó como una castañuela. María se asomó unos metros más arriba entre la lluvia de cempasúchil mientras yo me desvanecía en un sueño infinito. Cerré los ojos y canté en un susurro …Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío.







